Ser abogado
En el Derecho, como en la Vida, hay muy pocas verdades absolutas. En ese sentido, las controversias legales no suelen responderse con un simple “sí” o un simple “no”. Por lo general, son mucho más complicadas que eso. Como cuestión de hecho, su respuesta casi siempre apunta hacia un “depende”. Respuesta emblemática de lo complejo que es el ser humano, en sí mismo y en su relación con otros seres vivos y su entorno. Las leyes y los reglamentos no son más que un reflejo de eso.
Ese complejo entramado de intereses sociales y particulares que interactúan constantemente en las vidas de los seres humanos produce una gama de realidades que oscilan entre dos extremos: la justicia y la injusticia. Conceptos bastante abstractos que no están definidos por disposición legal alguna, sino por los valores de cada uno de los sujetos que somos parte de esta sociedad global.
Ante esa lógica difusa que supone la naturaleza humana, la responsabilidad de representar a una persona u organización ante un procedimiento adjudicativo o en el trámite de algún asunto de naturaleza legal siempre conlleva una delegación absoluta de confianza, con la expectativa de que algún problema encontrará solución. Y en ese proceso no hay realidad pequeña ni insignificante. Cada asunto hay que atenderlo con rigurosidad, profundidad de pensamiento, y sobre todo, con un enorme sentido de responsabilidad social. No puede ser de otra manera. Sólo así se alcanza la excelencia, en el Derecho y en la Vida.